Por Pedro Canelo
Cuando aún veía la TV con devoción de apóstol incondicional, cuando
mis días transcurrían al ritmo de los capítulos de una serie televisiva,
siempre esperé lo mismo. En mi palpitante mente colapsada por las más
afiebradas ideas escribía guiones paralelos para todo lo que consumía en
mis tardes-noches de fervoroso chico-zapping. Mis finales tan perfectos
como accidentados nunca se cumplían hasta que me encontré con Tony
Micelli y Angela Bauer. “¿Quién manda a quién?” se llamaba aquella
producción y yo fui muy feliz viendo cómo se cumplían mis deseos
imposibles a través de la pantalla. La jefa se enamoraba del amo de
llaves y se daban los besos que yo esperaba, en el momento que yo
esperaba y en el lugar donde yo lo imaginaba. Suficiente. El guionista
sabía quién mandaba en esa serie. Ni Tony ni Angela. Mandaba el público.
Y el público era yo.
Tony Danza nunca dejó de bailar. Y el baile que yo más esperé
también se hizo realidad. Con Angela bien juntos, vestidos de gala los
dos, sin casarse pero con el aura matrimonial a su alrededor. ¿Recuerdan
ese capítulo? Esperé muchos besos en TV como buen adolescente
apresurado y urgente que fui, y siempre apagué el televisor pensando en
que la cámara lenta no funciona cuando los latidos se aceleran. Hay que
correr y cerrar los ojos. Pero los guionistas de esas series ochenteras
eran mezquinos, creían que era suficiente con poco. Tantas veces Kevin
se quedó solo abrazando a Winnie o Zack Morris regresando a casa sin
haber bailado con la diosa Kelly. En “¿Quién manda a quién?” todo era
más evidente, simple y atractivo. Hasta con las calientes historias de
la octogenaria Mona se cumplía eso de “piensa mal y acertarás”. Este
sitcom no ocultaba nada y a mí eso me gustaba mucho.




























































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